VERANO MISIONERO EN HONDURAS
¡Qué bellos son por los montes los pies del mensajero que anuncia la paz! (Is 52, 7)
Con esta cita de Isaías se podría resumir muy bien la labor de un seguidor de Cristo según el modelo de San Vicente: anunciar el Evangelio a los más pobres. Y así fue mi verano. Un anuncio del Evangelio en tierras americanas, más concretamente en Honduras.

Por segundo año consecutivo tuve la suerte de disfrutar de aquellas maravillosas tierras, con esa gente tan especial. El trabajo en la universidad de todo el curso se vio recompensado con lo más propio de nuestro carisma vicenciano: la misión entre los preferidos del Señor. En este viaje no iba solo, puesto que me acompañaba mi compañero seminarista Alexis Santana CM. Casi no nos creíamos que volviésemos a pisar una tierra que nos vio nacer y crecer en la práctica misionera. Así pues, con la maleta cargada de ilusión y de ganas de trabajar emprendimos el viaje por encima del Atlántico.
Lo primero que hicimos al llegar fue reunirnos con el padre Stanislav Bindas CM de la Provincia de Eslovaquia, que iba a ser el director de la misión, y con el padre Chema Ibero CM, de nuestra Provincia de Zaragoza, que es párroco de las comunidades que íbamos a misionar. Fueron cuatro: 1º de Mayo, la Concordia, Chameleconcito y Amigos del Campo. Todas se encuadran dentro del sector de la Carretera de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús de la ciudad de Puerto Cortés. El Padre Chema nos comentaba que, tras una consulta a los miembros de las distintas comunidades, las cuatro en cuestión eran las más necesitadas de un impulso. Así que, como trabajo no iba a faltar, nos pusimos manos a la obra. Y entre las primeras cosas que había que tener en cuenta se encontraba la realidad del país y del continente en general. Esta la adquirimos gracias al documento del encuentro de obispos de América Latina que tuvo lugar en la Aparecida, Brasil. En este documento final se destacaban cuatro puntos que los cristianos debemos tener en cuenta. En primer lugar, somos discípulos de Jesús y esto significa estar a la escucha de la Palabra de Dios y ponerla en práctica. En segundo lugar, somos apóstoles, lo que quiere decir que no sólo basta con poner en práctica las enseñanzas de Jesucristo, sino que esta nos tiene que llevar a su anuncio a todas las personas. En tercer lugar, vivimos en comunidad. La fe cristiana exige la vivencia en comunidad, con más cristianos. Esto se funda en la promesa de Jesús de estar allí donde dos o más se reúnen en su nombre. Además, uno no puede llegar a Dios al que no ve, prescindiendo del prójimo, a quien tiene alrededor. Y el último punto fundamental es que esta comunidad debe ser generadora de vida. Puesto que es una comunidad de fe en el Dador de la vida, la comunidad tiene que dar vida a todo el mundo, no sólo a los que pertenecen a ella, sino a los que quedan fuera. Son todos estos temas fundamentales y hubo que hacer malabarismos para poder resumir todo lo que implica cada punto en sesiones cortas.
Un día de misión, grosso modo, venía a ser de la siguiente manera. Por la mañana teníamos oración con la comunidad en misión y visitas a todas las casas de católicos. No había comentado antes, pero creo que es de sobra conocido el hecho de que Honduras es un país invadido por distintas iglesias o pseudo-iglesias, lo que hace que la mayoría de la gente no sea católica, sino evangélica. En la misión se trataba de atender a la gente católica, aunque, lógicamente, en ningún momento se cerraba la puerta a los protestantes que en la comunidad pudiera haber. De hecho nos encontramos con algún caso de niños evangélicos que venían a nuestras catequesis. La mañana, pues, se ocupaba con la oración y las visitas. Por la tarde había bastante más trabajo. Teníamos catequesis con los niños, eucaristía (con una prédica misionera) y reunión con los jóvenes. Era por la tarde cuando dábamos el grueso de los temas y cuando había que emplearse más a fondo, ya que el éxito de la misión se iba a deber en gran medida a la huella que pudiesen dejar estos puntos. Las primeras dos semanas de misión transcurrirían de esta manera, con encuentros festivos al final de la segunda semana con los niños y los jóvenes. En la tercera semana el peso de la misión recaía en las comunidades, que iban a reunirse en las casas formando las comunidades eclesiales de base, mientras que los misioneros las visitaríamos sólo para supervisar su funcionamiento, ya que al final de la misión íbamos a tener que decirle al padre Chema, su párroco, qué comunidades iban a continuar. El domingo de la tercera semana de la misión, ésta se clausuraba, quedando la tarea de continuarla a la propia gente de la comunidad. La segunda misión se desarrolló de igual manera que la primera.
Pero aparte de los actos quizá más comunes, hubo otros más especiales, como la celebración penitencial comunitaria o incluso una procesión por el pueblo con la cruz o con alguna imagen de la Virgen o de algún santo. Todo esto ayudó a las distintas comunidades a animarse a proclamar sin vergüenza ni temor su fe.
En cuanto a los frutos de la misión, no nos toca a nosotros recogerlos, sino a los que vienen detrás, pero puedo decir con mucha alegría que, por ejemplo, en uno de los pueblos, tres parejas que no estaban casadas por la Iglesia por fin pidieron la bendición de Dios para su unión, y aunque Alexis y yo no pudimos asistir a estas bodas, el padre Stanislav presidió la celebración y fue el encargado de casar a estas parejas.
No sólo nos encargamos de estas misiones, sino que tuvimos también reuniones con los chicos y chicas que reciben becas de ayuda al estudio. Estas reuniones sirven para que se conozcan ellos entre sí y para animarles a que sigan estudiando, porque es una manera de adquirir una buena educación (vital en cualquier país) y de ayudar a sus familias. El tener una beca significa poder acceder a una mejor educación y poder echar una mano para la educación del resto de los hermanos, amén de poder estudiar sin ser una carga económica para la familia.
Hubo dos reuniones: una en Puerto Cortés y otra en Cuyamel, que fue más concurrida. En las dos reinó un clima de alegría en el que hubo tiempo para todo: para trabajar, para divertirse, para comer y para enterarse de todo lo que conlleva la beca. En resumen: tres o cuatro horas aprovechadas al máximo.
Debo decir, en honor a la verdad, que no sólo trabajamos, sino que también hubo tiempo para el descanso y el ocio. Todos los lunes íbamos a San Pedro Sula a pasar el día con los padres de la Provincia de Barcelona, con las misioneras de JMV y con otros laicos colaboradores en la misión. En estos momentos reinaba un clima agradable de convivencia entre todos, que a pesar de las distintas procedencias, estamos juntos para la misma misión.
Otro día tuvimos la oportunidad de acercarnos a Copán, a ver las ruinas mayas y el pueblo. Es algo impresionante ver lo que gente tan antigua era capaz de hacer. La espectacularidad de las ruinas acompañada por el verdor de la zona convertía Copán en un paraje único. Así pues, estuvimos todo el día descubriendo cosas nuevas para nosotros, sacando fotos y asombrándonos de la ciencia de los mayas. Por si fuera poco, el pueblo de Copán Ruinas tenía un regusto colonial que lo hacía distinto de otros sitios de Honduras que habíamos visto. Calles pavimentadas, mucha, muchísima limpieza, empinadas cuestas. Un pueblo digno de ver.
Con todo esto, puedo decir que no he desaprovechado en absoluto mi estancia en Honduras, puesto que he tenido tiempo para trabajar, para orar, para conocer personas y trabar amistad con ellas, para confraternizar con hermanos de otras comunidades, para saborear la misión. El poder participar en misiones siendo seminarista hacen que afiance mi vocación y por eso considero un acierto el hecho de que se envíe a jóvenes en formación a países de misión. Para mi compañero Alexis Santana y para mí ha sido una experiencia única e irrepetible, que me ayuda a encaminar mejor mis pasos hacia el Señor, siguiendo a Jesucristo evangelizador de los pobres.
Nacho Gamboa CM