Desde que iniciamos el Seminario Interno, ya conocíamos el deseo del padre General de venir a visitarnos en los primeros días del mes de enero. La fecha que en aquél momento nos parecía tan lejana, llegó de sorpresa, sobre todo después de unas cortas y merecidas vacaciones de fin de año.
Aunque algunos de los seminaristas ya le habían encontrado en París o Roma, la expectativa no era menor, pues ahora tendríamos la oportunidad de compartir junto al padre Gregorio de forma más cercana y esclarecer nuestras interrogantes sobre el estado actual y el futuro de la congregación en el mundo.
En todo primer encuentro siempre hay la distancia que nos produce lo desconocido, sin embargo, el saludo afectuoso del padre General, a cada uno de nosotros, rompió el hielo. Él con su personalidad sencilla y su simpático acento americano, comenzó a crear un clima de familiaridad y en un instante nos sentimos como si ya le conociéramos de mucho más tiempo. Las anécdotas de su reciente viaje a Egipto, nos edificaron por su opción de abandonar “el hacer turismo” por ir al encuentro de personas y comunidades de Hijas de la Caridad en el Alto Egipto. Todo ello sin dejar de haber notas jocosas que nos hicieron reír.
En la comunidad deseábamos mantener el mismo ritmo de todos los días, para mostrarle nuestro estilo vida cotidiana y que él pudiera integrarse, como de hecho él lo deseaba. Sin embargo, no pudimos escapar a la tentación de hacer pequeños cambios, como por ejemplo preparar la mesa con cierto toque de fiesta. Todos queríamos compartir con él, pero fuimos pacientes y esperamos al día siguiente, ya que sabíamos que teníamos el gran privilegio de tener dos jornadas de intercambio juntos.
A las diez de la mañana, sonando las campanas de nuestra parroquia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, se inició el tan esperado encuentro. Como es habitual, empezamos con la presentación de cada uno, a lo que el padre Gregorio añadió su toque personal pidiéndonos que lo hiciéramos respondiendo a la pregunta de: “¿Por qué quiero ser vicentino?”. Ésta pregunta era la primera vez que nos la hacíamos y respondíamos en comunidad, hecho que fue muy hermoso pues descubrimos cómo hombres de culturas y razas tan diversas están tan unidos por un mismo espíritu, el carisma vicentino de servir a los más necesitados.
Si tuviéramos que sintetizar estas respuestas, podríamos comparar nuestro llamado con el de los apóstoles cuando estaban a la orilla de sus vidas, con sus redes vacías y el Señor vino a su encuentro para iluminarles con un nuevo sentido para sus vidas: el anuncio de una Buena Nueva. Hoy, nosotros respondemos así como lo hizo san Vicente de Paúl viendo a Cristo como evangelizador de los pobres.
Una hora fue el tiempo justo para este compartir que terminó con un gesto de cariño del padre General quien nos ofreció un pequeño detalle como recuerdo de su visita. Durante un corto receso disfrutamos de un café mientras procedíamos los intercambios con él.
Ya en la segunda hora, entramos en el plan que él tenía proyectado, presentarmos las líneas generales para los próximos seis años en la Congregación. En ésta parte, apreciamos su sentido de trabajo en equipo, ya que siempre habló en plural nunca en primera persona, para exponernos las directrices principales de dicho plan. Sus palabras fueron: “Hemos decidido en el Consejo General tras un tiempo de reflexión, estudio y conocimiento de la Congregación, desarrollar este proyecto como un hilo conductor el de promover una mayor comunicación entre las comunidades locales y a nivel internacional”. Desde aquí se desarrolló el tema de la tarde.
Nos expresó que fue justamente por ello, que él tenía el interés en encontrarnos; ya que en este Seminario Interno, donde están presentes cuatro provincias, él ve un signo claro del camino a seguir para el futuro de la Congregación como entidad misionera de carácter universal. Realidad ésta que debe ser un llamado para todos a vivir desde la apertura de una acogida entre las diferentes comunidades y regiones del mundo. Un llamado para romper lo que el llama: “provincialismo”; refiriéndose a un modelo obsoleto de querer trabajar de forma individual cerrando nuestras fronteras y limitándonos a un marco geográfico y personal sin dejarse interpelar por la novedad y un trabajo comunitario e interprovincial.
La intensidad de éste primer encuentro estuvo seguida de la eucaristía celebrada con toda la comunidad de padres y seminaristas en un ambiente fraterno y sencillo donde el padre Gregorio nos exhortó en su homilía, partiendo de la lectura del Evangelio del día (Mc 1, 40-45), a vivir nuestra vocación de vicentinos según el modelo de Cristo, quien sale al encuentro del pobre y en una experiencia directa y personal, le sana, le convierte y le libera...
Los seminaristas tuvimos a cargo la animación de la misa, donde igualmente quisimos poner de manifiesto nuestra “internacionalidad” interpretando cantos en nuestras lenguas maternas (español, italiano y francés).
De estar reunidos alrededor de la mesa del altar, pasamos a compartir una mesa no menos fraterna en torno a una comida que fue una expresión de gratuidad y afecto de parte de nuestra comunidad al padre Gregorio por su visita. Muestra de ello fue, el entusiasmo con el que cada grupo preparó los diferentes platos. Los italianos elaboraron un animado aperitivo con fiambres italianas y una sangría “de la casa”, por su parte los latinoamericanos hicieron una deliciosa entrada de mariscos marinados, los franceses tuvieron a su cargo el plato principal un “fillet bernaise” acompañado por unas patatas turolenses, receta de nuestra querida cocinera Asun y para finalizar un exquisito postre de naranja y chocolate, muestra de gastronomía catalana.
En la tarde las preguntas se siguieron una a otra en un excelente clima de confianza, donde el padre Gregorio respondió con una gran espontaneidad, sentido del humor y honestidad. De los temas tratados uno de los que nos marcó fue el testimonio de que en algunas partes del mundo, misioneros, hermanas y laicos tratan de vivir el carisma vicentino desde una dimensión renovada, buscando respuestas nuevas y creativas delante de los retos actuales en medio de un mundo que cambia de forma vertiginosa.
Saber que son más los que han entendido que la caridad vista desde el carisma vicentino hoy no se puede vivir como un simple “asistencialismo filantrópico” ni mucho menos una limosna paternalista dada a los pobres, sino todo lo contrario. La caridad debe encarnar los valores más puros del evangelio, anunciado por Jesucristo. Una caridad que se hace “Reino” cuando nos implicamos en liberar, en devolver la dignidad a cada ser humano, cuando se rompen las estructuas de injusticia para crear una nueva conciencia y así un mundo de justicia y de paz.
Las jornadas iban acompasadas por la liturgia y los encuentros espontáneos. En la agenda, para el segundo día, tuvimos una charla sobre el tema de la vida en comunidad. El padre General, introdujo el tema con el texto de Jn 13, 34-35. De su voz nos parecía escuchar a san Vicente porque al igual que él, el padre Gregorio partió de ejemplos concretos para ilustrarnos y explicarnos verdades teológicas y espirituales sobre la comunidad. Todo en un lenguaje sencillo basado en su experiencia misionera y de fe. Ésto nos impactó mucho, pues comentamos entre nosotros que vale más un testimonio auténtico que un simple discurso.
El día concluyó con una eucaristía en la parroquia junto a toda la familia vicentina presente en Teruel, donde el padre Gregorio nos animó a seguir siendo luz en éste mundo de riquezas e indiferencias de Occidente y a ser testigos de Cristo quien es el que da verdadero sentido a la existencia del hombre. Y que una hermosa forma de seguirle es haciéndolo desde la respuesta del carisma vicentino en el servicio a los más necesitados.
El sábado después del desayuno le despedimos y al hacerlo, sentimos que despedíamos al amigo en quien podemos confiar. Su paso nos dejó un mensaje alentador y positivo de la Congregación que vive con gran vitalidad del Espíritu en diferentes regiones del mundo y en los corazones de quienes desean hacerla efectiva; y nos animó a continuar en la ofrenda de nuestras vidas a Dios en el servicio de los más pobres.
Marcio Peña c.m.
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